martes, abril 26, 2016

La penalización en Francia del cliente «prostituidor»

La penalización en Francia del cliente «prostituidor»

La nueva ley francesa que penaliza a los clientes de la prostitución supuestamente debe luchar contra esta última. En realidad, no hará otra cosa que desplazar ese comercio de la calle hacia otros lugares. Por consiguiente, el objetivo del Partido Socialista no es imponer una moral pública, moral tan alejada de la vida diaria que incluso se ve obligada a imponer un doble lenguaje sobre ese fenómeno. ¿Será que lo que realmente molesta en la prostitución no es el sexo sino el poder de las mujeres?
| Bruselas (Bélgica)
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No cabe duda de que, hoy en día, muchas de las personas que se prostituyen lo hacen porque no tienen otra opción. Sin embargo, ¿justifica eso que se prohíba de plano esa actividad? ¿No será que ese debate sirve para esconder otro?
Este 6 de abril de 2016 terminó la larga trayectoria legislativa del proyecto de ley que busca «reforzar la lucha contra el sistema prostitucional» [1]. Presentado en octubre de 2013, ese proyecto fue objeto de 3 debates y de 3 votaciones en cada una de las dos cámaras del parlamento francés. Y finalmente acaba siendo adoptado por la Asamblea Nacional [2], que tiene la última palabra en caso de desacuerdo con el Senado. La nueva ley implanta, por consiguiente, una voluntad política expresada desde 2011 por el Partido Socialista francés [3]. El desacuerdo entre diputados y senadores tenía que ver con la cuestión de la penalización contra los clientes: la mayoría de los diputados estaban a favor de esa medida mientras que la mayoría de los senadores estaban en contra. En virtud de la nueva ley, «La compra del acto sexual» [4] se castiga con una multa máxima de 1 500 euros. Para los reincidentes, la multa podrá elevarse a 3 750 euros.

Introducir el doble pensar en el derecho

Al eliminar el delito de solicitación, y no sólo el de «solicitación pasiva», instaurado por Nicolas Sarkozy en 2003, la ley reconoce que las prostitutas ejercen una actividad totalmente legal. Pero al mismo tiempo convierte la compra de actos sexuales en una infracción penal, o sea en un acto sistemáticamente ilegal. Resumiendo, el hecho de prostituirse, actividad que ahora se convierte en algo enteramente legal, genera un acto que se reprime en el ámbito penal: el acto de recurrir a los servicios de una prostituta.
Al no querer ver la oposición que existe entre esos dos factores se instala una ambigüedad en la ley, haciendo coexistir dos afirmaciones contradictorias que se yuxtaponen de manera que cada una de esas dos afirmaciones ignora la otra. Este procedimiento fue presentado por el escritor británico George Orwell en su definición del «doblepensar». El «doblepensar» consiste en «retener simultáneamente dos opiniones que se anulan, a pesar de saber que son contradictorias, y creer las dos al mismo tiempo» [5]. Lo absurdo de la ausencia de relación entre dos enunciados que se anulan entre sí violenta el basamento lógico del lenguaje. Esto pone al sujeto en situación de fractura, lo incapacita para reaccionar ante la falta de sentido de lo que se dice y lo que se muestra.
La ley provoca así, de forma paralela, dos proposiciones incompatibles, dos enunciados que lógicamente se excluyen entre sí pero que son mantenidos juntos, en nombre de la voluntad del gobierno de considerar que una persona que se prostituye es por definición una víctima. Esta persona se convierte en alguien que no puede hablar y a quien el poder «presta» su propia voz. Se convierte en objeto de su moral.
El procedimiento del doblepensar aniquila la función de la ley, que consiste en fijar reglas claras y aplicables para poner límites a la arbitrariedad del poder. El doblepensar otorga por tanto al gobierno un saber absoluto e instala una ley moral, una ley expresión del superyó, basada no en la razón sino más bien en valores, el del debido amor por la víctima.
De esa manera, el estatus de víctima natural, «de infans» [6], que se atribuye a la prostituta se pone al servicio del gobierno. Permite que el gobierno hable en lugar de la “víctima”, afirmando conocer mejor que ella cuáles son sus verdaderos intereses. El estatus de víctima pone a esas mujeres fuera del lenguaje. No les permite oponer sus propios intereses a la universalidad de la imagen de la mujer, cuyo representante es el poder.
Todo ello permite al gobierno promover, pretendiendo defender a las prostitutas, una legislación rechazada por aquellas a quienes supuestamente debe proteger. Pero la oposición a la penalización del cliente proviene también de las organizaciones de personas que practican la prostitución, como el colectivo Droits et Prostitution (Derechos y Prostitución), la principal organización francesa creada por las trabajadoras y trabajadores del sexo.

Una ley «para educar en materia de amor y relaciones de género»

El texto, inspirado en la experiencia sueca, que penaliza a los clientes desde 1999, establece también una pena complementaria bajo la forma de un «curso de sensibilización sobre las condiciones de la prostitución».
Este último punto está en correspondencia directa con las motivaciones ya expresadas anteriormente, cuando se presentó, a finales de 2011, un primer proyecto de ley sobre el tema. Los parlamentarios insistían entonces en el carácter educativo del texto y acompañaban la multa impuesta con una estancia obligatoria en «una escuela de clientes», para educar a los sancionados en materia de «salud y relaciones de género». De esa manera, los diputados, a pedido de todos los presidentes de grupos parlamentarios, tanto de izquierda como de derecha, enunciaban oficialmente «la posición abolicionista de Francia». Consideraban «que la prostitución se ejerce esencialmente por parte de mujeres y que los clientes son en su cuasi totalidad hombres, que violan así el principio de igualdad entre los sexos».
Esa es también la posición de base de la ley actual. Esta hace referencia al «modelo sueco», convirtiendo así la prostitución en una cuestión de género al afirmar que «no será posible la igualdad entre hombres y mujeres mientras sea posible alquilar o comprar el cuerpo de las mujeres». Inger Segestrom, diputada sueca y presidenta de la Federación de Mujeres Socialdemócratas de su país, declaraba entonces en el sitio web MyEurope.info: «Para nosotros se trata de resaltar que la sociedad no acepta que un hombre pueda comprar una mujer para su placer. Eso no tiene mucho que ver con la sexualidad. Es una cuestión de poder y de igualdad.»

Una maniobra desplazamiento

Formulada como una denegación, la declaración de Inger Segestrom es particularmente interesante, ya que al negar el problema lo resalta. Se trata, en efecto, de una voluntad de los gobiernos de controlar la sexualidad y de producir formas de gozo, bajo el pretexto de promover la igualdad entre los sexos.
¿Cuál puede ser el sentido de una ley que arremete contra la prostitución en la calle y acepta que se mantengan, e incluso que se desarrollen, otras formas de prostitución menos visibles, como la proliferación de las escort girls o la prostitución a través de internet? Si se arremete contra la prostitución que se ejerce en la calle es porque hace visible una realidad que contradice la imagen de la mujer, imagen de la que el poder político se erige en representante y promotor. Esta ley también se inscribe perfectamente en la postmodernidad, en un proceso que busca borrar el cuerpo para garantizar el reino del ícono, de la desmaterialización de lo real.
Al tratar de erradicar la prostitución castigando al cliente, esta ley pretende ser abolicionista. Pero dado el hecho que apunta sólo contra la parte más visible de la prostitución, o sea contra la prostitución en la calle, esta ley resulta ser, en la práctica, prohibicionista. Al contrario de la abolición, la prohibición no suprime lo que se prohíbe, solamente lo niega. Desplaza la prostitución de la visibilidad hacia la invisibilidad. De esa manera, esta ley eliminará todo límite a la explotación de las prostitutas, que se verán rechazadas hacia espacios donde la violencia podrá, al abrigo de las miradas, desarrollarse sin obstáculos.

Una ley moral

Para la ciudadanía, el resultado de esta legislación será permitir una suspensión de lo real. Si se decide no verla, la prostitución dejará de existir.
El texto tiene como objetivo suprimir «un lugar», en vez de suprimir la prostitución. Esto tendrá una doble consecuencia.
- Primeramente, la ley ya no funcionará como organización de la exterioridad sino como instrumento para modelar la interioridad. La ley no estará hecha para ser respetada sino para ser constantemente violada en medio del temor y la culpabilidad. A la regulación del gozo del cuerpo, esta ley opone la obligación de gozar de la imagen de la dignidad humana. Es, ante todo, la imposición de un superyó productor de valores.
- En segundo lugar, al no disponer ya de un espacio delimitado, la prostitución se generalizará en el conjunto del espacio societal. El modelo sueco, en el que se apoyan los diputados «abolicionistas» para justificar su proposición de penalización contra los clientes, así lo demuestra. En Suecia, la prostitución en la calle se ha reducido, en efecto, a la mitad; pero siguen activos los espacios disimulados de sexo tarifado, como los salones de masajes y clubs de diferentes tipos.
Lo más importante es que una gran parte del mercado de la prostitución ahora se desarrolla en internet. Este espacio permite una extensión de la prostitución al conjunto de la sociedad, ya no limitada a una parte del cuerpo mismo sino a su imagen. A través de los foros de discusión, los clientes potenciales entran así en contacto con jóvenes.
Esta ley con pretensiones feministas, pero que en realidad ahoga la voz de mujeres verdaderas, está de hecho al servicio de la forma postmoderna del poder. Está por consiguiente al servicio de una máquina de gozo representada por la figura de la «Madre simbólica», que no es hombre ni mujer sino el todo totalitario que no tiene necesidades. Esta figura de la madrasta, transmitida a través de los cuentos de la tradición oral, compite especialmente con la figura femenina, en la medida en que la figura masculina ya se ha visto deshecha por la primera modernidad. En su relación con el cliente, la prostituta independiente ocupa, por el contrario, una posición que le permite no verse sometida a esta orden y controlar su propia realidad. Esta subversión femenina es lo que realmente se quiere liquidar.

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