miércoles, abril 06, 2016

Los sacrificios humanos que nunca pidieron los dioses


Los sacrificios humanos que nunca pidieron los dioses

El estudio de casi un centenar de culturas demuestra que estos terribles rituales, lejos de aplacar la sed de sangre de una divinidad, ayudaban a mantener el poder y la jerarquía social
Los rituales incorporaban sacrificios humanos - Jacques Arago
ABC.esMadrid - 06/04/2016 a las 10:46:28h. - Act. a las 10:48:12h.Guardado en: 
Los sacrificios humanos rituales han sido una práctica común en múltiples culturas a lo largo de la Historia. Sus víctimas han perecido en la hoguera, lapidadas, desmembradas, ahogadas o decapitadas, en un largo catálogo de formas de matar destinado a apaciguar a los dioses. Pero el objetivo último de estas terroríficas prácticas era otro, mucho más mundano que una divinidad de temperamento caprichoso sedienta de sangre. Investigadores de la Universidad de Auckland en Nueva Zelanda, con la ayuda de otros colegas de su país, autralianos y alemanes, han llevado a cabo un estudio que demuestra que los sacrificios resultaban una pieza fundamental en el mantenimiento de la parte superior de la jerarquía social en el poder.
«La religión se ha considerado tradicionalmente como un motor clave de la moralidad y la cooperación, pero nuestro estudio revela que aquellos rituales tuvieron un papel más siniestro en la evolución de las sociedades modernas», dice Joseph Watts, de Auckland, autor principal del estudio, que se publica en la revista Nature.
Watts y su equipo utilizó métodos informáticos de investigación derivados de la biología evolutiva para analizar los datos históricos de 93 culturas austranesias, que comparten una lengua ancestral común. Este pueblo se originó en Taiwán y se propagó por todo el Pacífico en una de las mayores migraciones de la historia de la humanidad, extendiéndose desde Madagascar hasta la Isla de Pascua el sur de Nueva Zelanda. Resulta que la práctica del sacrificio humano era generalizada en toda Austronesia antes del contacto con las naciones industrializadas modernas: 40 de las 93 culturas incluidas en el estudio practicaban alguna forma de matanza humana ritualista.
Los métodos de sacrificio eran de lo más variados, incluidos la hoguera, el ahogamiento, la estrangulación, la lapidación, la decapitación, el aplastamiento o el desmembramiento. Las víctimas eran por lo general de baja condición social o esclavos, mientras que los instigadores solían ser personas de alto estatus social, como sacerdotes y jefes.
El estudio dividió a las 93 culturas diferentes en tres grupos principales de alta, moderada o baja estratificación social. Se encontró que las culturas con el más alto nivel de estratificación eran más propensas a practicar sacrificios humanos. De las culturas con la estratificación moderada, menos de la mitad se dedicaban a estos martirios, mientras que en las sociedades más igualitarias estas prácticas eran mucho menos comunes.

Control social

«Con estos sacrificios humanos para castigar violaciones de los tabúes, desmoralizar a la clase baja e infundir miedo, las élites del poder fueron capaces de mantener y construir control social», explica Watts. El sacrificio humano era utilizado para preservar el poder, con la excusa de un deseo sobrenatural.
«Los sacrificios humanos proporcionan un medio particularmente eficaz de control social. Debido a una justificación sobrenatural para el castigo, los gobernantes -como sacerdotes y jefes-, se creían a menudo descendientes de los dioses y el sacrificio humano ritual era la demostración definitiva de su poder», indica Russell Gray, coautor del estudio.
Una característica única de las investigaciones con métodos computacionales evolutivos permitió al equipo reconstruir la secuencia de los cambios en los sacrificios humanos y la situación social en el transcurso de la historia del Pacífico. Esto permitió al equipo probar si el sacrificio precedió o siguió a un cambio en el estatus social. «Encontramos que el sacrificio fue la fuerza motriz, haciendo a las sociedades más predispuestas a aceptar la existencia de un estatus social alto y menos a volver a una estructura social igualitaria», señala el coautor Quentin Atkinson.

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