domingo, julio 03, 2016

La excesiva simplificación llevó al Perú a pensar que la pobreza desaparecería si eliminaba las haciendas.

Revolución Social, por Richard Webb

La excesiva simplificación llevó al Perú a pensar que la pobreza desaparecería si eliminaba las haciendas.




Revolución Social, por Richard Webb
Ilustración: Giovanni Tazza





Richard Webb

El argumento usual para una revolución social se basa en un análisis blanco y negro. Cuando nos convencemos de que los males de una sociedad tienen una explicación claramente definida, se justifica más fácilmente un proyecto enérgico para extirpar ese mal, incluyendo la posibilidad de quebrar normas de la buena economía o de la democracia. La excesiva simplificación propia del pensamiento blanco y negro llevó al Perú a pensar que la pobreza desaparecería si eliminaba las haciendas, llevó al Brasil a una multiplicación masiva de los programas sociales y acaba de llevar al Reino Unido a salir de la Unión Europea para cerrar la puerta a los inmigrantes.
Las propuestas políticas dirigidas a reducir la desigualdad parten hoy de un diagnóstico basado en el índice Gini, una estadística que pretende resumir la desigualdad. Así como el PBI mide la producción de un país, el Gini también permite la comparación con otros países y la fijación de una meta cuantitativa de reducción de la desigualdad. Pero mientras el PBI es presentado como una suma de las producciones de distintas actividades, facilitando la formulación de políticas de promoción productiva a medida para cada sector, la evaluación comparativa del costo-beneficio de esas políticas y la medición de los resultados de las intervenciones en cada caso; no ocurre lo mismo con el índice Gini.
Este, por contraste, es presentado como un resultado matemático cuya derivación es poco intuitiva, lo que no impide su uso como bandera política, pero sí limita su utilidad práctica para el diseño de estrategias de reducción de la desigualdad. Como la composición sectorial del PBI, el Gini es también un resultado de diversos procesos que crean diferentes formas de desigualdad, y que deben conocerse individualmente para servir de base para una estrategia igualitaria. Esta realidad compleja ha sido con frecuencia ignorada en el pasado, cuando se ha presentado una que otra reforma social sin tener en cuenta que el esfuerzo atacaba solo una parte del problema mayor de la desigualdad, como fue la reforma agraria en un momento, y como son los reajustes de salarios y las ocasionales modificaciones en los servicios sociales.
Celebro entonces que el presidente electo en su breve discurso durante la ceremonia de entrega de credenciales haya formulado una “revolución social” no como una simple bandera general, sino como un conjunto de objetivos y políticas, mencionando en particular la desigualdad entre regiones, la desigualdad en la calidad de la educación y en los servicios sociales. Una presentación más completa incluirá sin duda otros elementos del bienestar cuya distribución se caracteriza también por una fuerte desigualdad, tales como la seguridad ciudadana, la justicia, el trato de las etnias y la igualdad de género, cada uno de los cuales es un valor en sí mismo, pero que a su vez afecta a los otros.
La fijación de metas y la fiscalización de resultados para un conjunto tan diverso de valores monetarios y no monetarios no se prestarán a un fácil resumen estadístico, pero el éxito de una revolución social dependerá no solo de los avances numéricos en cuanto a los distintos valores de la vida social, sino también de lograr un avance balanceado entre ellos.

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