miércoles, julio 02, 2014

El desafío de la tesis,


 por Gonzalo Portocarrero
El estudiante no suele ser capaz de relacionar fluidamente los conocimientos recibidos con su experiencia y saber espontáneo

La universidad peruana no está preparada para el restablecimiento de la tesis como condición para obtener el grado de bachiller. No obstante, se trata de un desafío que todo el sistema educativo tiene que asumir, pues su elaboración es el espacio donde madura la capacidad de producir conocimientos. Así, el estudiante se convierte en alguien capaz de pensar por sí mismo; en una persona con criterio propio, en un autor. 
El escasísimo número de tesis, en todas las universidades, es el síntoma que condensa lo mucho que anda mal en el sistema educativo peruano. Las raíces del problema son muy profundas, pues llegan a la educación primaria y al hogar. En las familias no se incentiva lo suficiente la curiosidad de los niños. Y en la escuela no se enseña la capacidad de abstracción. Esa habilidad que permite diferenciar lo principal de lo secundario, y que resulta indispensable para el aprendizaje de las matemáticas. Tampoco se estimula lo suficiente la lectura. Para llegar al amor a la lectura, hay que pasar por una fase en las que se mezclan la disciplina y la seducción; el niño tiene que saber que habrá una recompensa, que su esfuerzo bien vale la pena. Finalmente, el desarrollo de la creatividad supone que las preguntas espontáneas de los niños y niñas sean tomadas en serio, pues ellas representan el germen de la inquietud científica. 
Ya en la educación primaria se va asentando la idea de que aprender es memorizar una verdad establecida en vez de hacer el camino que lleva a descubrir los vínculos entre las cosas. Entonces a la educación secundaria llegan estudiantes poco motivados, pues no sienten interés por cursos a los que no ven utilidad. El joven que inicia sus estudios universitarios pretende aprender solo un “conocimiento accionable”, un conjunto de fórmulas que le permita posicionarse ventajosamente en el mercado de trabajo. Lo demás le resulta indiferente. Estudia para pasar los cursos. No le interesa problematizar el saber recibido, menos desarrollar sus intuiciones en nuevas ideas. Su capacidad de análisis está apenas desarrollada. Y el docente universitario no suele ser un modelo, pues también resulta de un sistema que privilegia la repetición sobre la búsqueda. Además, abrumado por el número de horas que debe dictar, no tiene tiempo para leer y actualizarse. Toda la situación descrita se agrava por la presión de la época en que vivimos. El culto ciego al triunfo y al éxito económico desdeña el desarrollo de las capacidades que están en la base de la producción del conocimiento.
Bien se comprende entonces que hacia el final de sus estudios el joven se sienta desarmado frente a una tarea para la que no ha recibido preparación. La tesis aparece como una “cumbre”, una meta altísima, a la que no sabe cómo llegar. En realidad, el problema mayor estriba en que el estudiante no suele ser capaz de relacionar fluidamente los conocimientos recibidos con su experiencia y saber espontáneo. Por tanto se mueve entre dos universos paralelos que no logra conectar. Por un lado, repite lo aprendido, o memorizado, y, por el otro, observa o vive una realidad que no se condice con sus estudios. Y ni siquiera es consciente de este desfase. La capacidad para producir un argumento, una idea novedosa y fundamentada, es entonces muy limitada. La educación peruana crea mentalidades susceptibles al dogmatismo, a la creencia de que existen fórmulas que pueden explicar todo. Mentes que simplifican demasiado, que están poco atentas a la compleja realidad de los hechos. 
En medio de este panorama bastante desolador, hay islas de excelencia. Instituciones y personas genuinamente interesadas en el saber. Pero son muy pocas. Por eso el ideal de que todos los estudiantes se gradúen con una tesis es un objetivo lejano, pero debe ser perseguido a través de convertir la investigación en el fundamento del proceso de enseñanza-aprendizaje. Es decir, se debe fomentar un aprendizaje activo, de modo que al momento de escuchar una clase el estudiante esté interiorizando los nuevos conceptos e informaciones, y, anticipando, al mismo tiempo, las consecuencias que se pueden derivar para ampliar su horizonte de comprensión del mundo. La universidad peruana enfrenta el reto de elaborar el protocolo de cómo hacer una tesis. Un conjunto de orientaciones que la pongan al alcance del estudiante. 
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