domingo, octubre 16, 2016

Aprender de ciudades exitosas, Ámsterdam

Aprender de ciudades exitosas, Ámsterdam

Hace siglos que es la misma y que cambia. Su nombre vine de cuando sobre el río Amstel pudieron hacer un Dam, es decir, un dique.
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Por Augusto Ortiz de Zevallos
Hace siglos que es la misma y que cambia. Su nombre vie­ne de cuando sobre el río Am­stel pudieron hacer un Dam, es decir, un dique. Y estabilizar allí sue­lo habitable y productivo que ya pudo ser un punto de encuentro, de comercio y de consolidación en ese mundo tan acuáti­co de los Países Bajos. Porque la ciudad de Ámsterdam está en buena parte bajo el nivel del mar, protegida por dunas y te­jida por canales artificiales. Hecha a mu­chas manos, sobre arena.
Lo que requirió siempre que todos par­ticipen. E hizo así una ciudad de iguales.
Ya que para que haya “calles” hubo que hacer los canales o Grachts, que se tejen como una media telaraña desde lo que fue su puerto original y su cen­tro, que está cerrado y abierto a un bra­zo de mar, que se abre al Atlántico y al Mar del Norte, de manera de permitir allí adentro seguridad y manejo de todas las muy distintas mercancías que allí se ha administrado: oro, café, té, porcelanas, cuadros al óleo, armas, mapas de nave­gación, pimienta y especies, diamantes, conocimiento, ideas, libertades…
El excelente museo de la ciudad que allí está lo explica reivindicando que esa identidad plural y arraigada es común a cada pieza del rompecabezas; desde la vieja iglesia Oude Kerk, al lado de la cual está el apacible barrio de linternas rojas, así como el mercado semanal de los que­sos, hasta el millón de bicicletas (una por habitante) o los mil puentes que tejen una ciudad vital que se vive mucho más afue­ra que adentro, pese a que su clima es nórdico, frío y ventoso.
La ciudad siempre fue un bien com­partido, algo de todos y que le importa a todos. Su palacio mayor –mal llama­do hoy Del Rey, Koening– fue el Ayun­tamiento o Municipio, precisamente en el Dam. Fue Napoleón quien se lo aga­rró y cambió de uso, pero toda su arqui­tectura y sus obras de arte en cada sala son a propósito de cómo administrar ciu­dadanía y ciudad. Cómo lo público debe prevalecer sobre lo privado. Como vivir bien sumando.
Es una ciudad, en el mejor sentido, bur­guesa. Un burgo, algo que se ha hecho con esfuerzos y emprendimientos y cu­yos estándares de vida, de educación, de cultura, de libertades personales, de vida universitaria, artesanal, artística y tam­bién comercial y de seguridad están para ser defendidos y renovados.
Y que se ha repuesto de ataques, ase­dios, derrotas y guerras, como cuando la invasión nazi evacuó y exterminó a no poca de la histórica comunidad ju­día, que se suma a la china, a la tailan­desa y a tantas de tantas partes adonde llegaron los holandeses desde el siglo dieciséis en adelante.
Y por algo New York se llamó antes, más apropiadamente, New Ámster­dam. Nada tuvieron que ver ni York ni los ingleses con su fundación. La com­praron, bastante después.
Y por algo, no poco de la arquitectura inglesa, especialmente en el estilo Geor­gian y también en el Victorian, se inspi­ran en la sabia sobria y tectónica arqui­tectura holandesa que Ámsterdam lideró como capital neerlandesa.
País pequeño pero de inteligencia colec­tiva grande, que ha provenido de su plurali­dad renovada, de su tolerancia, de su diver­sidad religiosa, de ser muchas en una.
Por eso, su moderna identidad liberta­ria no es extraña. Y ya después de haber sido por décadas un foco de libertades personales, andan algo hartos ahora de acumular un turismo tontamente consu­mista y van tratando de que se entienda y se valore que Ámsterdam es mucho más que linternitas y humos estimulantes.
Si uno va, casi debe evitar, aunque sean inevitables, porque allí estuvo el puerto y nació la ciudad, esa calle axial entre la estación de tren y el Dam. Allí está deambulando todo el turismo ton­to. Y caminar por paralelas y transver­sales, y perderse como también se debe hacer en Venecia descubriendo rinco­nes y eludiendo clichés.
Los museos son excelentes y singu­lares, especialmente también el Koen­ning (renovado) y el de Van Gogh. En realidad, toda la ciudad es un museo pero vivo y no congelado. La arquitec­tura cuida que no se desfigure la ciudad, pero tampoco esconde la modernidad, como debe ser.
Ciudades que asumen lo que son, que convierten sus verdaderas identidades en marcas y que se abren a todas las ideas, visitantes y formas de valorarlas. ciudades líderes.
En ellas a nadie y menos a un muni­cipio metropolitano se le ocurriría aban­donar obras esenciales e indispensables, como escaleras rampas y puentes peato­nales que llevan de toda la ciudad al lito­ral. O como recuperar el centro histórico y tres kilómetros del río que le da nombre a la ciudad. Allí el Amstel la hizo llamar­se Ámsterdam, aquí el Rímac rebautizó a una “Ciudad de los Reyes” como Lima.
Allí los ciudadanos y sus líderes hacen ciudad. Aquí la ‘baipasean’. Y por eso, en vez de disfrutarla, la padecemos.
A ver si aprendemos. Y a ver si con el pretexto de los Panamericanos se supera esa mala leche, que además políticamen­te también es suicida.

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