miércoles, junio 09, 2010

Cerebros ... y cerebras


LUIS M. ARIZA 30/05/2010
En los asuntos del cerebro (y del género) hay que huir de las simplificaciones. Lo dicen los expertos. Y las expertas. El terreno resulta especialmente pantanoso. Pero la psiquiatra estadounidense Louann Brizendine, famosa por su polémico libro 'El cerebro femenino', vuelve a provocar chispas con 'El cerebro masculino'. ¿Realmente hay diferencias? Escuchamos su opinión y la de otros investigadores de 'cabecera'.
En un periódico sensacionalista, la historia de David Reimer podría resumirse como la del chico que perdió el pene, vivió un tiempo educado como una niña y puso fin a su vida pegándose un tiro en la cabeza, en el parking de un supermercado de Winnipeg (Canadá), en 2004. Reimer tenía un hermano gemelo idéntico, Brian, que se había quitado la vida dos años antes. Los gemelos habían sido objeto de un experimento psicológico y sexual en el que David se llevó la peor parte. En 1966, sus padres acudieron al hospital para el alumbramiento de sus dos gemelos, Bruce (el nombre original de David con el que sus padres le bautizaron) y Brian. Por entonces era común la circuncisión, pero en el caso de David una negligencia o un error en la cirugía cauterizó su pene, dejándolo irrecuperable. Meses después, los padres vieron en televisión un programa en el que el sexólogo John Money mostraba su convencimiento de que los bebés nacían sexualmente neutros, tanto que un niño podría ser educado para comportarse como una niña. Así que sólo un año después, en 1967, y bajo la supervisión de Money, Bruce se convirtió finalmente en Brenda, tras una castración y una cirugía para simular un pliegue vaginal. La naturaleza había puesto en las manos de Money la oportunidad perfecta para comprobar sus teorías, puesto que si Brenda se educaba exitosamente como una niña, muñecas, vestidos y tratamientos hormonales incluidos, y su hermano gemelo se criaba como el muchacho que era, la personalidad sexual podría moldearse con éxito mediante una educación dirigida. El resultado no pudo ser más desastroso. "Cuando a los 14 años los padres le explicaron lo que le había pasado, él les respondió que nunca había dejado de sentirse niño", explica el profesor Francisco J. Rubia, neurocientífico del Instituto Pluridisciplinar de la Universidad Complutense de Madrid, cuya última obra sobre neurología es El fantasma de la libertad (Ariel). Tras una reconstrucción de pene, Brenda se cambió el nombre por el de David, se casó y adoptó a los hijos de su mujer, puesto que él ya no podía engendrar.
El experimento -que puede parecer diabólico si no se mira con la perspectiva de los años sesenta, la década de la proclamada igualdad de sexos- vino a poner de manifiesto ante el gran público que el sexo radica en el cerebro. ¿En qué difieren el del hombre y el de la mujer? "Tienen más semejanzas que diferencias", dice Louann Brizendine, profesora de clínica psiquiátrica de la Universidad de California en San Francisco, en un correo electrónico a El País Semanal. Si colocamos un cerebro masculino y otro femenino frente a frente, a simple vista los vemos iguales. Las diferencias anatómicas son mucho menos obvias que distinguir "entre los genitales masculinos y femeninos".
En busca del sexo. Recurramos a la tecnología. La revolución de los escáneres cerebrales, capaces de mostrar las respuestas emocionales de ellos y ellas a nivel cerebral, vienen contando una historia en cada caso. Parece bastante evidente que si los cerebros funcionan de manera diferente en ambos sexos (aunque muchas veces no resulte fácil resaltar el grado de diferencia), eso se traduzca en comportamientos y actitudes distintas. Si usted fuera un antropólogo social venido del futuro, armado con un escáner portátil capaz de iluminar las áreas del cerebro humano de cualquier persona a su alrededor, podría toparse con alguna sorpresa. Su trabajo de campo le ha llevado a elegir una mesa discreta de un bar de copas, al que la gente acude después de trabajar para divertirse. Una mujer, Nicole, muy atractiva, está llamando la atención de un joven, Ryan, que está comentando a sus amigos los resultados de un partido de fútbol. Él no puede dejar de mirarla, y decide acercarse a ella. La pantalla del escáner mostraría un fogonazo en la zona cerebral de Ryan que regula el apetito sexual, situada en el hipotálamo (un conjunto de núcleos cerebrales hundidos en las profundidades del cerebro que también controla la vida vegetativa, el hambre, la sed y el sueño). El córtex visual del hombre -la zona donde se procesan las imágenes a partir de la información enviada por los ojos- también está zumbando con la imagen de la mujer, como si evaluase su silueta de "reloj de arena". Entablan conversación, y la voz aguda de ella aumenta el atractivo para él. Lo que viene a continuación es una vieja historia de aproximación para el apareamiento. Ryan intenta citarse con ella para acostarse a la menor oportunidad, pero el tiempo de espera de Nicole para el sexo es tres veces superior. Él entonces la agasaja con regalos. Quizá obedece a un instinto animal que se ha observado en los chimpancés, en el que los machos obsequian a las hembras con carne y ellas les recompensan con sexo. O a otro que sugiere que en las diferentes culturas los hombres seleccionan a las mujeres sanas por su aspecto. Finalmente, Ryan lo consigue. El cerebro de ella antepone al sexo la esperanza del amor y el compromiso. En cambio, para él lo primero es el sexo. Tanto Nicole como Ryan son pacientes de Brizendine, según describe esta experta en su nuevo libro, El cerebro masculino (recién publicado por RBA), tras la polémica que levantó hace dos años con El cerebro femenino (RBA).
El mensaje parece diáfano. Las diferencias sexuales de comportamiento están condicionadas por la estructura de sus cerebros: el de Ryan no piensa ni actúa como el de Nicole. Hay un cerebro para el apareamiento, en el que los pensamientos sexuales "son más frecuentes y los circuitos del impulso sexual ocupan más espacio"; un cerebro de padre que surge tras tener un hijo, un cerebro de la agresión listo para entrar en acción. Y en cuanto a ellas... Pues piensan en el sexo mucho menos que ellos, quizá una vez al día; son mucho más hábiles con el lenguaje, a la hora de expresar sus emociones. Huyen de la agresión y adoran la protección a largo plazo. Se orientan peor en un mapa, no logran averiguar cómo ha girado una figura en el espacio tan rápidamente como ellos en los test de laboratorio. Siempre por término medio. Es imposible detallar en un solo artículo las decenas de observaciones que se han realizado en los laboratorios, en los que grupos de voluntarios de ambos sexos observan una escena mientras sus cerebros están siendo escaneados, pero este podría ser un típico ejemplo: un hombre conversando con una mujer. En ellos, las zonas del cerebro relacionadas con los impulsos sexuales se encienden, mientras que ellas ven una simple conversación.
Las pantallas dan algunas pistas, pero no la causa: de media, los hombres destacan más en matemáticas, la ingeniería y la orientación espacial. Las mujeres son mejores a la hora de manejar el lenguaje, el contacto social y el habla. De los experimentos de laboratorio a la vida real media un mundo. Pero la impresión es que muchos de los clichés parecen respaldados por la ciencia. Ellas lloran mucho más. O quizá es posible que la interpretación de los resultados se ajusten a los estereotipos que todo el mundo espera.
A la pregunta de si cabe hablar de un cerebro femenino y otro masculino en sentido estricto, la prestigiosa neurobióloga Doreen Kimura, del departamento de psicología de la Universidad de Simon Fraser en Burnaby (Canadá), responde afirmativamente, pero con reservas. "Cualquier comportamiento distinto entre hombre y mujer está mediado por el cerebro", explica en un correo electrónico. Y aunque hay rasgos que estadísticamente difieren entre hombres y mujeres, también se superponen en un cierto grado, dependiendo del rasgo del que estemos hablando. "Los estereotipos extremos aplicados a los individuos son inexactos, tanto para las variables intelectuales como los rasgos personales".
Ignacio Morgado, del Instituto de Neurociencia de la Universidad Autónoma de Barcelona y autor de Emociones e inteligencia social (Ariel), advierte contra el error de hablar del cerebro humano en tercera persona. Es una dualidad engañosa. El "cerebro de Nicole" es Nicole. "Nosotros somos básicamente nuestro cerebro, allí radica nuestra mente, la consciencia, la personalidad; no hay otra cosa al margen. No se puede hablar del cerebro como algo diferente a uno mismo". La guerra entre "cerebros masculinos y femeninos" no es otra cosa que una guerra de sexos. Morgado añade que, en un caso hipotético de trasplante de cerebros (algo propio de la ciencia ficción), el cerebro "es el único órgano por el que nos gustaría ser el donante y no el receptor. Ahí va la persona". No se debe atribuir ciegamente los comportamientos femeninos y masculinos a las peculiaridades anatómicas. "Lo que no podemos explicar es hasta qué punto estas diferencias observadas influyen en las diferencias en conductas", advierte Morgado. Podríamos pensar que una estructura más grande en él o en ella presupone más capacidad, cuando podría ser justo lo contrario. El cerebro es misterioso y guarda celosamente sus secretos. Las amígdalas cerebrales son dos estructuras en forma de almendra situadas bajo el lóbulo temporal. Se cree que procesan las emociones, entre otros aspectos del comportamiento, y, sin embargo, "en el hombre son mayores que en la mujer, cuando ellas son mucho más emocionales". En asuntos de cerebro hay que huir de las simplificaciones. Lo dice Doreen Kimura. "Sabemos más de cómo ambos sexos difieren que la manera detallada de cómo estas diferencias están reflejadas en el cerebro".
Cuestión de tamaño. Colocamos el cerebro de él y el de ella en una balanza. "El cerebro masculino es, por término medio, cien gramos más pesado que el femenino", avisa Morgado. Ya desde el parto se observa que los niños recién nacidos tienen un cerebro que es un 8% mayor que el de las niñas. Y al alcanzar los treinta, esta diferencia de tamaño aumenta hasta un 10%. Pero un simple observador sin experiencia sería incapaz de ir más allá. Dado que pesar un cerebro es algo relativamente fácil, resultó muy tentador para la mayoría de los científicos del siglo XIX justificar que las mujeres eran una suerte de hombres limitados neurológicamente. El anatomista alemán Frederick Tiedmann rubricó en 1836 que existía "una conexión sin ningún género de dudas entre el tamaño del cerebro y la energía mental expresada por el hombre como individuo". Pero lo cierto es que el tamaño se debe probablemente a la proporción existente entre un cuerpo mayor (masculino) y la cabeza. El número de neuronas no cambia según el sexo. "El tamaño no es importante", recalca Rubia. No se han conseguido relaciones estadísticas que demuestren que a un cerebro más grande le corresponda un mayor coeficiente de inteligencia. "Colocar el tamaño del cerebro frente a la inteligencia hizo pensar que la mujer era intelectualmente inferior al hombre". Las mujeres simplemente contienen una densidad neuronal mayor en un volumen más reducido.
Claro que hoy día no faltan estudios que traten de encontrar esta relación de "cuanto mayor, mejor". Basta acudir a cualquiera de los más de treinta bancos de cerebros que existen en Europa o Estados Unidos, pedir unos cuantos ejemplares, colocarlos bajo el calibre de medición y ver si sus propietarios tuvieron la suerte de haber realizado un test estándar de inteligencia antes de morir. Luego, es cuestión de esperar a ver si la estadística escupe alguna relación. En la Universidad de McMaster, en Canadá, Sandra Witelson y su equipo midieron cuidadosamente un centenar de cerebros procedentes de pacientes terminales que no tenían daños neurológicos y que habían realizado previamente un test de inteligencia. Encontraron que las mujeres que tenían mejor inteligencia espacial y verbal también tenían los cerebros más grandes. Curiosamente, el laboratorio de Witelson fue el mismo que escrutinó en 1999 los pedazos del cerebro de Albert Einstein, que habían descansado dentro de varios frascos durante casi 40 años. En comparación con otros que murieron a los 60 años de media (Einstein falleció a los 76 años), la gran sorpresa del estudio fue... que precisamente el cerebro de Einstein no tenía casi nada de especial: venía a pesar lo mismo, e incluso sus lóbulos temporales -relacionados con la memoria- eran algo más pequeños que la media. Los lóbulos parietales (relacionados con el procesamiento de la información espacial y la manipulación de objetos) eran un 15% mayores. Y curiosamente, el cerebro de Einstein carecía de un surco que es una de las características más importantes del cerebro, una zanja -"la fisura de Silvia"- que separa el lóbulo frontal del temporal. Nadie en su sano juicio se atrevería a afirmar que gracias a eso Einstein dedujo sus leyes de la relatividad, que cambiaron la percepción del universo. La conclusión de Witelson es que su cerebro no tenía una anatomía singularmente notable.
Las matemáticas y las mujeres. A pesar de Einstein, persiste cierta tendencia a juzgar equivocadamente las habilidades mentales de las mujeres, especialmente en áreas como la ciencia y las matemáticas. Aún resuena el discurso del presidente de la Universidad de Harvard, Lawrence Summers, quien afirmó en 2005 que la escasez de mujeres destacadas en matemáticas o ingeniería se debía, estadísticamente, a que existían menos mujeres dotadas para estos campos. Sus palabras indignaron al feminismo. ¿Por qué hay menos mujeres matemáticas, o dedicadas a la ingeniería, que matemáticos o ingenieros? Un vistazo a las distribuciones de las estudiantes en una curva matemática ofrece una explicación simplista. Según Brizendine, los estudios sugieren que los chicos y las chicas, cuando llegan a la adolescencia, tienen similares aptitudes para las matemáticas y las ciencias. Luego, los cambios hormonales propios de la adolescencia alejarán a ellas del atractivo que ofrecen los problemas analíticos, empujándolas hacia profesiones donde el contacto social y la habilidad con el lenguaje sean importantes. En ellos, el baño de la testosterona -y mayor dedicación neuronal a los problemas espaciales- les animará a resolver los problemas analíticos. "Siempre hay que hablar por término medio", advierte Rubia. "Las chicas, por ejemplo, son mejores en aritmética, pero no en matemáticas, aunque las ha habido muy destacadas, como el caso de Hipatia de Alejandría. Y tenistas muy buenas, como Sánchez Vicario, ya que en el tenis la visión espacial es importantísima". Sin embargo, el ajedrez, que es un juego donde se precisa una capacidad espacial máxima, no ha proporcionado ajedrecistas femeninas tan brillantes, indica este experto. ¿Conducen peor ellas que ellos? "Mi mujer es una excelente conductora", asegura este neurólogo (el autor de este artículo puede decir lo mismo de la suya). "Hay muchas mujeres que no saben distinguir lo que es la derecha de la izquierda, una cosa tan simple. Te dicen, sí, sí, a la derecha, y te indican hacia la izquierda".
Reparto de emociones. Si dispusiéramos de una nave microscópica para viajar por el intrincado laberinto anatómico de un cerebro masculino y otro femenino, ¿qué diferencias encontraríamos? Aparte del peso y volumen, es preciso aprender un poco de anatomía y tener buen ojo. Los dos hemisferios cerebrales están unidos por una serie de conexiones nerviosas (el cuerpo calloso), y estos enlaces "son más abundantes en la mujer que en el hombre", asegura Ignacio Morgado. "En sentido metafórico, las mujeres tienen los hemisferios comunicados por autopistas, y nosotros, por carreteras". Tampoco el tamaño de estos hemisferios es el mismo. Según Rubia, ambos son similares en las mujeres, pero en el hombre el izquierdo es mayor que el derecho. Dado que aquí se localizan los centros del lenguaje y del habla, algunas enfermedades, como la apoplejía o los derrames cerebrales, afectan más profundamente al habla en los hombres que en las mujeres, debido a esta mayor especialización observada en el cerebro masculino.
Ellas pueden leer mejor las emociones en un rostro, de acuerdo con Brizendine. Él llega tarde a la cena, aparentemente despreocupado, con la excusa del trabajo. Ella ve algo raro en su cara. La cena transcurre sin incidentes, pero la esposa escanea el rostro de su marido en busca de pistas, y le imita, en un acto reflejo, hasta en el ritmo de la respiración, el tono de voz, lo tensas que están las mandíbulas... Replica todos estos actos que observa y se encienden en su córtex un tipo de neuronas motoras y visuales llamadas "de espejo", que replican lo que ven. Ella busca incongruencias en los bancos de datos de su memoria emocional. El cerebro femenino "se ha mostrado muy capaz de contagiarse emocionalmente, captando literalmente los sentimientos de la otra persona, de forma mucho más efectiva que él". En otras palabras, este fenómeno de espejeo activa circuitos neuronales que le permiten a ella detectar una mentira. Con una mirada, sabe que él la está engañando.
Comprender mediante la imitación la acción de los semejantes no es exclusivo del ser humano. Los circuitos existen en los primates. Los científicos Giacomo Rizzolatti y Laila Craighero, de la Universidad de Parma (Italia), publicaron un trabajo en la revista Annals or Review Neuroscience en el que se manifestaban "convencidos de que el mecanismo de espejeo neuronal es de una gran importancia evolutiva, ya que ha permitido a los primates comprender las acciones llevadas a cabo por sus semejantes". No se trata de comprender a los demás mediante una deducción, sino sintiendo lo que ellos sienten.
Ellos, por el contrario, se muestran mucho más agresivos. "Los psicólogos saben desde hace bastante tiempo que los hombres son veinte veces más agresivos que las mujeres", dice Brizendine. La testosterona aparece como la hormona que marca la diferencia. En el hombre, el cerebro recibe dosis de esta hormona que son entre diez y quince veces mayores que en las mujeres. "Su propósito es hacer más frecuente un comportamiento, como el de la búsqueda sexual y la agresividad".
El reparto del trabajo. ¿Cuál es la razón de esta agresividad en ellos y esa habilidad para manejar emociones y el lenguaje que exhiben ellas? "La estrategia para resolver problemas es distinta en la mujer que en el hombre", asegura Rubia. "Y estas diferencias en procesar la información también se encuentran en ratas". Abrimos un paréntesis especulativo; viajamos unos 300.000 años hacia el pasado, a lo que hoy es la localidad soriana de Ambrona. Aquí se han encontrado restos de elefante antiguo y utensilios de caza. Un espacio boscoso con grande claros. Un grupo de cazadores, quizá hasta treinta, aguarda al acecho. Están entrenados físicamente para recorrer distancias largas, y sus cerebros no son otra cosa que detectores del movimiento, que analizan cualquier vía de escape por parte de su presa, construyendo una imagen mental en su cabeza, calculando distancias, percibiendo espacialmente los objetos a su alrededor. Los cazadores humanos emprenden la caza de un animal grande -quizá un elefante de varias toneladas- y lo empujan hacia una zona pantanosa para tratar de inmovilizarlo. Cuando todo se pone en marcha, sus centros de agresividad se disparan. Siguiendo esta línea de razonamiento, la mayor capacidad física del hombre le permitió ir a cazar, mientras que la mujer se queda al cuidado de la prole. Ellos usaron su capacidad espacial y visual. Ellas, sus mayores habilidades verbales para tener cohesionada a su descendencia en los asentamientos humanos típicos de los cazadores recolectores.
El cerebro plástico y la discriminación. La experiencia y la educación moldean los circuitos cerebrales. El gran plan maestro del cerebro puede estar establecido de antemano, pero todos los expertos se asombran de la enorme plasticidad de este increíble órgano. "De forma inevitable, cualquier efecto de la socialización debe ser mediado por el cerebro, pero lo cierto es que sabemos aún muy poco", admite Doreen Kimura. "Aunque no creo que podamos lograr que un niño se sienta como una niña". ¿Qué ocurre respecto a las habilidades y los diversos tipos de inteligencia? La discriminación que las mujeres han sufrido a la hora de acceder a los trabajos científicos es un hecho histórico e innegable. ¿Justifica por sí solo la escasez de matemáticas o ingenieras? "Creo que la discriminación en la ciencia ya es una cosa del pasado. Las mujeres ya están alcanzando a los hombres en las ciencias biológicas y médicas, pero su presencia en las ciencias físicas e ingeniería ha cambiado muy poco en las últimas décadas". Para Kimura, estas diferencias podrían explicarse por una combinación de habilidades y los propios intereses de las mujeres -que se decantan más por las ciencias sociales en su mayoría- más que por un rechazo de las propias universidades.
Para Louann Brizendine, esa discriminación aún se deja notar. "Hay muy pocas mujeres en puestos de liderazgo en muchas partes de la sociedad. Pero incluso después de años de estudio, los expertos aún no saben por qué hay tan pocas mujeres en matemáticas o ingeniería, aunque esta realidad está cambiando de forma gradual". Una posible respuesta es la presión de la propia sociedad, que proyecta los estereotipos de cómo deben comportarse los hombres y las mujeres para que sean aceptables. "Los estereotipos sexuales pueden funcionar de forma equivocada para proseguir con la discriminación contra las mujeres en los puestos de trabajo, y contra los hombres en casa. Deberíamos condenarlos si se usan para impedir que alguien no pueda ser el mejor en una cosa o desviarse de su camino. Las niñas que piensan que las niñas no son tan buenas en matemáticas siempre realizan peores exámenes".
Ellas son mejores en la inteligencia de las emociones. Ellos, en la inteligencia espacial. "No hay ninguna prueba científica de que la mujer posea una inteligencia general inferior a la del hombre", dice Morgado, que admite que la discriminación en las mujeres puede haber creado un sesgo en determinadas profesiones. En el mundo del arte no hay equivalentes femeninos a Dalí o Picasso, pero eso puede estar relacionado "con el hecho de que el hombre nace con mayor capacidad espacial".
El feminismo militante persigue la aceptación tácita de que no hay diferencias entre los sexos, y por tanto entre los cerebros. "Ha existido discriminación contra las mujeres y sigue existiendo", dice Francisco Rubia. "Pero no se preocupan de que entre el 27% y el 40% de los salarios son menores en la mujer que en el hombre. Y eso es mucho más importante. Si se quiere combatir la opresión de la mujer, lo primero que hay que hacer es igualar los salarios por el mismo trabajo. Luchar contra las diferencias biológicas contra las que no se puede luchar es inútil". 
El pais.es

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